"Elogio del riesgo” Anne Dufourmantelle (46/52 2025):
"La vida, o es una aventura
atrevida o no es nada"
Helen Keller. “The Story of My Life”
(1903)
En
la búsqueda obsesiva por la invulnerabilidad estamos pagando un precio muy alto
a través de una asfixia interior y la pérdida de nuestra capacidad de asombro. El
libro “Elogio del riesgo” de la filósofa francesa Anne Dufourmantelle sostiene
como tema central que la vida comienza cuando renunciamos a la ilusión de
invulnerabilidad. El riesgo no es una amenaza que se debe evitar, sino la
condición misma de nuestra libertad y el motor de toda transformación. Si
aspiramos a construir un futuro mejor, más justo, creativo y más humano debemos
asumir el coraje de habitar plenamente sobre el panorama completo de nuestro
presente, dejar de confundir la supervivencia con la plenitud, rebelarnos
contra la comodidad como enemigo del alma y a comprender que la fragilidad es
el verdadero origen del coraje. La única forma de construir un mañana mejor es
arriesgándonos a ser quienes aún no somos. A
continuación, las veinte enseñanzas clave del libro “Elogio del riesgo” de Anne
Dufourmantelle (46/52 2025):
1.
Vivir es exponerse
La
invulnerabilidad es la cualidad o estado de ser inmune al daño, al ataque, al
fracaso, a la crítica o a la influencia externa. Proviene del latín invulnerables,
que se forma con el prefijo in- (negación) y vulnerabilis (vulnerable,
susceptible de ser herido). Cuando intentamos ser invulnerables ponemos trabas
a la evolución y el encuentro profundo. El crecimiento no sucede en los
márgenes seguros, sino en el centro movedizo donde somos susceptibles a la
transformación, la herida o la elevación. Exponerse es permitir que el mundo
nos atraviese, es aceptar las dudas, abrazar los encuentros fortuitos y recibir
los riesgos inesperados como agentes de cambio. No debemos confundir
supervivencia con vida. La supervivencia es una estrategia para evitar el daño;
la vida es una apuesta por el sentido. Quien rehúsa sentir, arriesgarse o
fallar pierde el brillo íntimo que solo se enciende cuando algo nos importa lo
suficiente como para jugárnoslo todo. La exposición no es sinónimo de
imprudencia, sino que es una ética del estar completamente presente. Es la
decisión activa de ser afectado por el mundo y a su vez afectarlo en respuesta.
El exceso de protección nos limita. Abrirse implica riesgos, pero también
revela que la vulnerabilidad no es una debilidad sino el umbral esencial del
encuentro con los demás, con la belleza y con la verdad profunda de uno mismo.
“La
vida se contrae o se expande en proporción al coraje de uno” El Diario de Anaïs Nin. Vol
3. Jun/1941
2.
La comodidad como enemigo del alma
La
comodidad se presenta como un logro legítimo a través de la estabilidad, la rutina
y la certidumbre. Sin embargo, cuando se transforma en un refugio permanente,
deja de cuidarnos para empezar a atrofiarnos. Lo que inicialmente alivia
termina adormeciendo y lo que promete protección acaba por encadenarnos. La
comodidad absoluta no es paz, sino anestesia existencial. El alma que es esa
parte de nosotros que anhela sentido, movimiento y profundidad necesita
fricción y desafío para despertar. Sin ellos, nos volvemos previsibles, tímidos
ante lo desconocido y menos capaces de responder al llamado de lo que realmente
nos importa. No se trata de glorificar la dificultad, sino de reconocer que el
crecimiento humano exige una dosis necesaria de incomodidad en ocasiones por
una pregunta que inquieta o una conversación que incomoda. Un ser humano que
evita sistemáticamente la incomodidad evita su propia expansión. La comodidad
promete seguridad, pero su sombra es la tibieza existencial. Una vida demasiado
segura se vuelve pequeña. Las grandes transformaciones personales, las que
marcan un antes y un después, rara vez nacen en la quietud. Cuando evitamos el
riesgo por comodidad, sacrificamos nuestra posibilidad de convertirnos en
aquello que aún no somos. La comodidad es enemiga del alma cuando la tomamos
como destino y no como un breve descanso.
“La
barca está a salvo en el puerto, pero no para eso se construyó.”. John A. Shedd.
Sal de mi Ático (1928)
3.
El riesgo como condición de la libertad
No
somos libres solo porque podamos elegir, sino porque aceptamos que toda
elección real implica renuncia e incertidumbre. La libertad no es una mesa
llena de posibilidades intactas sino que es el acto de decidir y apostar por algo
permitiendo que las demás posibilidades mueran. El riesgo aparece aquí: no como
una amenaza, sino como el precio inevitable por forjar un camino propio. Quien
exige garantías absolutas antes de decidir no está eligiendo sino posponiendo
su libertad. La libertad no florece en el control sino que florece en la
apuesta consciente, en ese vértigo honesto que precede a cada camino auténtico.
La libertad nos expone de múltiples maneras a equivocarnos, a ser vistos tal
como somos, a desmentir expectativas ajenas o bien a perder seguridades para
ganar sentido. El mundo contemporáneo enfocado en la seguridad, el cálculo y la
performance a menudo produce seres protegidos por fuera y encarcelados por
dentro. Vivimos seguros, pero no valientes; conectados, pero no presentes;
informados, pero inactivos en nuestras decisiones esenciales y pensamiento
crítico. La libertad asusta porque exige responsabilidad y la responsabilidad
exige riesgo. Elegir es siempre arriesgar la comodidad y el relato conocido.
Sin ese salto no hay emancipación; solo obediencia elegante. La oportunidad de
ser mejor jamás aparece sin la sombra de perder algo en el camino. El riesgo
sin conciencia es temeridad. La vida plena ocurre cuando la voluntad de elegir
y el coraje de sostener las consecuencias confluyen.
“La
libertad no es más que la oportunidad de ser mejor”. Albert Camus. El hombre
rebelde (1951)
4.
Vulnerabilidad: nuestra verdad más profunda
Mostrarnos
vulnerables no es una derrota sino que es el acto más honesto y valiente de la
existencia. La vulnerabilidad no aparece cuando somos débiles sino cuando
estamos plenamente vivos. Es la señal de que algo importa, de que una parte
esencial de nosotros está en juego, de que no estamos escondidos detrás de
armaduras prestadas. La cultura moderna nos presiona para ser invencibles:
siempre fuertes, siempre certeros, siempre en control. Pero esa ficción de
dureza se paga con un alto costo interior; soledad, ansiedad y una identidad
construida sobre la defensa, no sobre la verdad. Quien nunca se expone nunca se
conoce; quien nunca se deja ver, nunca es realmente visto. Ser vulnerables
significa aceptar que el otro puede tocarnos con su mirada, su juicio y su
amor. Implica renunciar a la ilusión de autosuficiencia y reconocer que somos
seres en relación porosos, sensibles e interdependientes. La fortaleza
auténtica no consiste en cerrar las puertas, sino en abrirlas con conciencia,
eligiendo cuándo y cómo dar acceso a nuestra interioridad. Todo vínculo significativo,
todo proyecto verdadero y toda búsqueda honesta exigen exponer una parte de
nosotros a lo incierto. La vulnerabilidad no nos disminuye sino que nos revela.
Es la puerta que abre el mundo interior y permite que la vida con sus dolores,
bellezas, amor y misterio valga la pena
ser vivida.
“¿Quién
habla de victorias? Sobreponerse es todo” Rainer Maria Rilke. Elegías de Duino.
Séptima Elegía (1923)
5.
Fragilidad: el origen del coraje humano
La
fragilidad no es el defecto que debemos ocultar, sino la condición esencial que
hace posible el coraje. Solo quien reconoce su vulnerabilidad puede decidir
avanzar a pesar de ella. El coraje no nace donde todo está asegurado sino que
emerge en el terreno incierto donde sabemos que podemos fallar, perder a
alguien o algo o no estar a la altura de las circunstancias. La fragilidad es
nuestro recordatorio más íntimo de humanidad ya que nos dice que somos finitos,
sensibles y susceptibles de quebrarnos. Pero es precisamente en esa conciencia
donde se arraiga la decisión profunda mas profunda al decidir seguir adelante
de todos modos. Cuando negamos nuestra fragilidad nos volvemos rígidos pero
cuando la aceptamos nos volvemos capaces de transformación y encuentro. La
cultura que idolatra la fortaleza sin fisuras construye héroes huecos y vidas
blindadas pero vacías. El verdadero heroísmo reside en quien actúa con el
corazón expuesto, quien construye sin garantías y quien se atreve a amar aun
sabiendo que todo amor es un riesgo, sin exigir inmunidad emocional. La
fragilidad no nos disminuye sino que nos hace reales. Nos humaniza frente a
nosotros mismos y frente a los demás. La empatía nace justamente en reconocer
en el otro la misma condición temblorosa, la misma mezcla de miedo y esperanza
que habita en nosotros. El coraje más puro no es la indestructibilidad, sino la
capacidad de seguir confiando, creando y cuidando a pesar de la certeza del
quebranto. Iniciar un viaje de transformación implica arriesgarse y solo
comienza verdaderamente quien acepta que puede caer.
“La
condición humana está marcada por la natalidad: la capacidad de comenzar.”
Hannah Arendt, La condición humana. (1958)
6.
La valentía de elegir sin certezas
Elegir
sin garantías es uno de los actos más exigentes de la existencia humana. Anhelamos
claridad, mapas vitales y certezas que disipen el miedo. Sin embargo, las
decisiones que realmente nos transforman y marcan en la vida por lo general tienen
bajos niveles de seguridad. Por lo general la vida se va despejando pausadamente
en la niebla; no bajo un cielo perfectamente despejado. Cada vez que nos
decidimos por una alternativa dejamos atrás otras que quizás no regresen jamás.
Esa pérdida implícita es parte del vértigo. Pero la elección también inaugura
un nacimiento; algo que solo puede existir si nos comprometemos con ello, si
dejamos de mirar todas las salidas y ponemos el cuerpo en un destino. La
valentía no consiste en erradicar la duda, sino en caminar junto a ella.
Esperar a tener certezas absolutas es renunciar a la vida en nombre del
control. El compromiso es un salto. Y sin ese salto, no hay transformación,
solo observación pasiva desde la orilla.
En la elección sin certezas late una verdad existencial: no somos meros espectadores
de nuestra vida sino que somos los autores. El autor nunca conoce el final preciso
cuando escribe la primera página, pero escribe igual, movido por una intuición,
una necesidad interna, y una fe modesta pero ardiente en la dirección tomada. La
vida no premia a quienes esperan garantías, sino a quienes se atreven a
avanzar.
“Actúa
como si lo que haces marcara la diferencia. Lo hace.” William James El
Evangelio de la Relajación (1899).
7.
El pensamiento que se encarna en acción
Las
ideas más bellas o profundas pierden su fuerza vital si no toman forma en el
mundo. El pensamiento estéril, ese que se refugia en la comodidad de la teoría,
la observación o la crítica distante, se convierte en una cárcel, no en un
impulso de vida. El desafío al que invita esta filosofía no es solo emocional,
sino profundamente intelectual. Pensar verdaderamente implica apostar por una
idea hasta transformarla en gesto, en elección firme, en conducta. Es la
migración del "sería bueno" al "lo hago". Sin ese paso, el
pensamiento se vuelve un mero ornamento, y no la brújula que guía la
existencia. La acción no es una traición al pensamiento, sino su inevitable
culminación. Nos conocemos mejor al actuar que al reflexionar indefinidamente.
Nuestro mundo interno se afina cuando el mundo externo nos devuelve el feedback
de sus límites, sus aprendizajes y sus hallazgos inesperados. La realidad es,
sin duda, el espejo más honesto. En una época definida por la facilidad con que
se crean opiniones superficiales, actuar es un acto de radical resistencia y
autenticidad. No basta con saber lo correcto; hay que vivirlo en el pulso
diario. No basta con decir "valoro la justicia"; hay que encarnarla
en decisiones concretas, aunque impliquen dolor o riesgo personal. La acción es
inherentemente imperfecta, humana, a veces torpe. Pero es ahí, en ese
imperfecto "meter las manos en la masa", donde se produce la
transformación real y tangible. La vida no cambia porque comprendemos; cambia
porque actuamos. Y actuar es aceptar la posibilidad de equivocarse, de avanzar
sin garantías, y de aprender con el cuerpo, la mente y el corazón totalmente
implicados. El pensamiento que no se encarna en acción se disuelve en la
niebla. Aquel que se vuelve vida, en cambio, crea mundo. En esa creación que es
valiente, imperfecta, pero real se encuentra la dignidad profunda de existir.
"El
hombre no es otra cosa que lo que él se hace. Tal es el primer principio del
existencialismo" Jean-Paul Sartre. El existencialismo es un humanismo (1946)
8.
Rebelarse contra la seguridad absoluta ok
La
seguridad absoluta es una promesa que seduce a la mente, pero que, aplicada a
la vida humana, se convierte en una prisión de oro. Una existencia
completamente protegida y blindada contra lo incierto será estable, sí, pero
jamás plena. La seguridad total elimina el riesgo y, con él, suprime la
posibilidad de descubrimiento, crecimiento y la bendición de la sorpresa. Nuestra
rebelión no busca glorificar el peligro, sino oponernos a la ilusión de que
vivir sin fisuras es vivir mejor. Esta búsqueda desesperada por erradicar toda
incertidumbre, todo error posible, es una negación silenciosa y profunda de
nuestra condición humana. La vida es inherentemente dinámica ya que cambia, se
rompe, se reinventa. Cuando intentamos congelarla en un estado de control
absoluto, perdemos la capacidad de ser tocados por lo imprevisto. Nos volvemos
rígidos, defensivos y expertos en evitar, antes que en vivir. Una existencia
centrada en la evitación no es una vida sino que es una estrategia de
supervivencia continua. Rebelarse contra la seguridad absoluta es una
declaración de principios vital; es abrir espacio al movimiento, a la
improvisación y al misterio sagrado de lo que puede nacer cuando no lo tenemos
todo definido. Es aceptar que la grandeza humana que es creativa, ética y
emocional emerge justamente cuando nos arriesgamos a no tener garantizado el
resultado final. Esa rebeldía es profundamente íntima. Significa arriesgarse a
amar de nuevo, a cambiar de opinión sin culpa, a decepcionar expectativas
externas para honrar una verdad interna y propia. La libertad necesita espacio
para fallar; la autenticidad necesita margen para ser imperfecta. Rebelarse
contra la seguridad total no es imprudencia; es una elección vital: preferir la
vida viva a la vida encerrada.
“El
que tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo.” (Friedrich
Nietzsche, El ocaso de los ídolos. Máximas. (1889)
9.
Ser fiel a lo que aún no somos
Ser
fiel a lo que aún no somos implica una valentía en un nivel desconocido y
quizás evolucionado; la de no apresurar el sentido ni el mapa de nuestra propia
vida. La fidelidad auténtica no se dirige a una identidad fija o a una meta
definida, sino a un movimiento interior, a una posibilidad que todavía no ha
tomado forma. Es una lealtad sagrada hacia lo que está naciendo en la penumbra,
incluso cuando nos resulta imposible nombrarlo. Esta fidelidad se opone
radicalmente a la complacencia del presente y a la definición prematura. No es
perseverar en el terreno conocido, sino mantener la puerta abierta a lo
posible, aunque esa apertura nos invite al malestar. En una época donde el
etiquetado constante y el éxito inmediato parecen obligatorios la conquista es a
través del riesgo y la lenta maduración que exige la vida. Ser fiel a lo que
aún no somos es sostener en vilo la promesa de un futuro interior, de una
transformación que exige paciencia y confianza ciega. No es una tarea para la
impaciencia del ego, sino para el alma que comprende que crecer implica
demorarse, extraviarse y, finalmente, reinventarse.
“Debes
tener paciencia con todo lo que aún no está resuelto en tu corazón y tratar de
amar las preguntas mismas.” Rainer Maria Rilke, Cartas a un joven poeta.
Primera carta. (1903)
10.
El tiempo presente como apuesta radical
Vivir
el presente como una apuesta radical no
es entregarse al instante con ligereza, sino asumirlo con el peso completo de
la existencia. El presente, en su sentido más profundo, no es lo inmediato; es
el punto de convergencia viva entre lo que fuimos y lo que aún podemos ser.
Apostar por él es un gesto de confianza en la vida, la afirmación de que cada
latido contiene la posibilidad de una revelación. Podemos desanclarnos de la
nostalgia del pasado y de la ansiedad del futuro para habitar el único tiempo
donde realmente sucede la transformación; el ahora. Esta presencia no es pasiva
ya que exige un coraje radical. Estar verdaderamente presentes significa
aceptar la vulnerabilidad, la incertidumbre y el no saber. Es dejar de vivir en
el aplazamiento, en esa espera perpetua que promete un momento mejor que jamás
llega. El tiempo presente, entendido así, no es una comodidad; es una elección
fundamental de la voluntad. Es la decisión de mirar de frente lo que somos sin
máscaras, de actuar sin garantías y de amar sin la red de las estrategias. En
esa elección se juega la libertad más profunda; la de dejar de huir de nuestra
propia vida.
"Es
totalmente cierto lo que dice la filosofía de que la vida debe ser comprendida
hacia atrás. Pero con esto se olvida la segunda proposición: que debe ser
vivida hacia adelante. Una proposición que, cuanto más se la somete a una
cuidadosa reflexión, tanto más concluye que la vida en el tiempo nunca es
realmente comprensible; precisamente porque en ningún instante puedo conseguir
la calma total para adoptar la posición de mirar hacia atrás." Søren
Kierkegaard. Diarios IV A 164. (1843)
11.
El amor como territorio de incertidumbre
El
amor es el territorio esencial donde la incertidumbre deja de ser una amenaza y
se convierte en una condición de verdad. Amar no es una búsqueda de seguridad,
sino el arte de convivir con el misterio inagotable del otro, con su radical
imprevisibilidad y con el hecho de que jamás podremos poseerlo. En el amor, la
certeza mata; la incertidumbre, en cambio, mantiene viva la llama del asombro y
de la presencia. Esta visión nos obliga a reconciliarnos con la vulnerabilidad.
En un mundo obsesionado con las garantías y las definiciones, el amor se vuelve
un espacio de riesgo radical, un lugar donde nada puede ser asegurado de
antemano. Pero es precisamente ahí donde reside su fuerza transformadora: amar
sin saber lo que vendrá, sin poseer, sin intentar domesticar la sorpresa. El
amor entendido como territorio de incertidumbre es, ante todo, una escuela de
humildad profunda. Nos obliga a reconocer que el otro no nos pertenece, que no
existe para completarnos, sino para revelarnos a nosotros mismos. Cada vínculo
verdadero nos confronta con nuestra propia fragilidad y nos enseña que amar es,
esencialmente, un acto de fe: confiar en el encuentro sin la necesidad de
ejercer control. Amar, entonces, no es conquistar ni asegurar; es permanecer
despiertos ante lo incierto, con el corazón disponible a aquello que no podemos
prever. En esa incertidumbre late la promesa más pura de la existencia: la de
seguir siendo transformados por el otro en el tiempo.
“El
amor no es una fusión con el otro; es la relación con un misterio.” Emmanuel
Lévinas. Totalidad e infinito: Ensayo sobre la exterioridad. (1961)
12.
La renuncia al control como acto creativo
Renunciar
al control no es un acto de rendición pasiva; es una apertura radical al
espacio de lo imprevisto, a aquello que no puede ser fabricado ni dominado. El
control absoluto, tan venerado por la cultura moderna, no solo nos protege del
error, sino que también nos esteriliza ante la revelación. Cuando intentamos
anticiparlo todo, neutralizamos la posibilidad del asombro genuino y, con ello,
detenemos la vida en su curso. El acto creativo ya sea escribir, amar,
emprender o simplemente vivir la jornada nace precisamente en el instante en
que soltamos las riendas y permitimos que algo más vasto y desconocido
intervenga. La renuncia al control es un profundo gesto de confianza cósmica;
confiar en que la existencia tiene su propio ritmo, que la belleza no obedece a
la planificación y que la creación se nutre del desorden fértil de lo
imprevisible. No somos los arquitectos totales de nuestra historia, sino los
acompañantes atentos de un proceso que se despliega más allá de nuestra
voluntad. El control da seguridad ilusoria, pero la renuncia al control otorga
profundidad. Solo quien se atreve a soltar el timón puede descubrir nuevas
corrientes y horizontes en su propio océano interior.
“"El
que es incompleto se completará. El que está torcido se enderezará. El que está
vacío se llenará. El que está gastado se renovará." Lao-Tsé, Tao Te Ching,
Capítulo 48. Wu Wei o No-Actuar. (siglo VI a.C.)
13.
La hospitalidad hacia lo desconocido
Ser
hospitalario con lo desconocido es, quizás, la forma más elevada de valentía.
Acoger lo desconocido significa no cerrarse ante lo que nos desestabiliza, sino
abrir las puertas del alma a aquello que no controlamos ni comprendemos del
todo. En un mundo obsesionado con etiquetar, clasificar y dominar cada
experiencia, esta hospitalidad es un acto de resistencia poética. Implica
reconocer que el misterio no es un enemigo de la razón, sino su fértil
complemento. Lo desconocido no amenaza nuestro orden, sino que lo amplía. Cada
encuentro verdadero, cada idea nueva y cada emoción inesperada es un huésped
que viene a romper nuestra quietud y a despertarnos. Ser hospitalarios con
nuestras propias zonas inciertas, los deseos no comprendidos, los miedos sin
nombre, los sueños aún no formulados pueden ayudar a que la identidad deje de
ser una fortaleza rígida para convertirse en un jardín interior en constante y
fecundo crecimiento. Ser hospitalario con lo incierto es reconocer que la vida,
en su raíz, es una visita impredecible, extraña y profundamente fecunda.
El
filósofo Jacques Derrida lo articuló con precisión:
“La
hospitalidad comienza precisamente donde no sabemos quién viene ni lo que
traerá.”. Jacques Derrida, De l’hospitalité, (1997)
14.
Aceptar la pérdida para ganar la profundidad
Aceptar
la pérdida es uno de los gestos más valientes y decisivos del espíritu. El
riesgo de vivir con plenitud incluye el riesgo de perder ya sea personas,
certezas, roles o seguridades. Pero esa pérdida no es una condena, sino una
iniciación ineludible. Solo quien atraviesa el duelo sin huir de su fuego puede
acceder a una comprensión más honda de sí mismo y del mundo. En una cultura
obsesionada con evitar el dolor, borrar las cicatrices y sustituir rápidamente
lo que se fue, el camino opuesto significa detenerse, sentir y permitir que el
vacío hable. La profundidad no es una ganancia sino que nace precisamente de
ese espacio de silencio. La pérdida, cuando se acepta, no empobrece sino que
ensancha el alma, vuelve más real la alegría, más humilde el amor y más sabio
el deseo. Aceptar la pérdida no significa resignarse pasivamente, sino
integrarla a la trama de la vida. Significa dejar que lo que se fue siga
existiendo dentro de nosotros de otro modo, como una fuente de compasión
radical o de lucidez. La profundidad no se construye acumulando vivencias, sino
aprendiendo a dejar ir con gratitud y con plena presencia en el vacío. Cada
duelo abre un espacio donde la vida se hace dolorosamente más verdadera.
Aceptar la pérdida, entonces, no es rendirse ante el dolor, sino permitir que
nos transforme, que nos vuelva más humanos, más atentos y capaces de comprender
la fragilidad del milagro de existir.
“El
dolor que siento ahora es parte de la felicidad de antes. Ese es el trato.” C.S.
Lewis (Clive Staples Lewis). Una pena en observación. Tercer cuaderno. Escrito
tras la muerte de su esposa, Joy Davidman en 1960
15.
El deseo que nos pone en movimiento
El
deseo no es una carencia ni un déficit, sino una fuerza vital ineludible. Es el
impulso primario que nos arranca de la quietud, invitándonos a atravesar el
riesgo de vivir. Deseamos no porque "falte algo", sino porque estamos
esencialmente hechos para el movimiento, la expansión y la búsqueda. El deseo
es la prueba de que estamos vivos y que aún hay algo por imaginar, por
descubrir y por amar. Una vida sin deseo es un reposo aparente que puede ser un
estancamiento. Cuando el deseo se reprime por miedo al fracaso o al juicio, el
alma se vuelve dócil, pero se vacía. En cambio, dejar que el deseo respire, aunque
nos exponga al dolor o a la incertidumbre, es permitir que la existencia
recupere su energía creadora y su dirección. El deseo verdadero no busca
posesión ni control sino que busca apertura y caminos. Es una llama orientadora
que no promete un destino fijo. Cultivar el deseo es aceptar el dinamismo de
nuestro ser, su inacabamiento y su hambre de sentido. Vivir desde el deseo es
arriesgarse a no saber hacia dónde conduce el impulso, confiando en que el
movimiento en sí mismo es ya una revelación. El deseo, cuando se vive con
conciencia y riesgo, no esclaviza, sino que libera. Nos empuja a salir del
miedo, a inventar nuevas formas de amar y de comprender. En última instancia,
el deseo es la promesa perpetua de que aún podemos cambiar, de que la vida
sigue queriendo algo de nosotros
.
"Todo movimiento, de cualquier criatura, procede del deseo de algo
mejor." Charles Buxton. Notas de Pensamientos. (1873)
16:
La Soledad de la Lucidez: El Riesgo de Pensar por Uno Mismo
Pensar
por cuenta propia es, quizás, el acto más revolucionario y arriesgado que
emprende el ser humano. Es una forma de valentía silenciosa ya que implica
enfrentarse a lo establecido, asumir la incomodidad de la duda y soportar la
soledad de la conciencia libre. Pensar como uno mismo es arriesgar el confort
de la pertenencia, y sin embargo, es la única manera de ser verdaderamente fiel
a la vida interior. El pensamiento auténtico no es repetición mecánica, sino una
suave desobediencia. Exige cuestionar lo heredado, escuchar la voz propia aun
cuando tiembla, y aceptar que la verdad no siempre coincide con lo conveniente.
Pensar como uno mismo no significa necesariamente tener la razón, sino tener el
coraje de buscar sin la protección cómoda de la unanimidad. En un mundo
saturado de opiniones, pensar con independencia es un gesto de responsabilidad
espiritual. Este riesgo intelectual es, en el fondo, un riesgo de amor a la
verdad, al sentido y a la posibilidad de no vivir en el eco de otros.
“Pensar
es peligroso, pero no pensar lo es aún más.” Hannah Arendt. La vida del
espíritu. (1978)
17.
No hay identidad sin riesgo
Construirse
como persona no es conservar una forma fija, sino atravesar los riesgos que la
vida propone sin saber quién seremos al otro lado. La identidad no es un
refugio seguro, sino una travesía constante; algo que se hace y se deshace a
medida que nos atrevemos a vivir. Ser alguien no significa proteger una
definición, sino asumir el vértigo fértil de la transformación. Cada vez que
elegimos, cambiamos de rumbo o nos abrimos a una experiencia desconocida, la
identidad se reconfigura y se reescribe. En ese sentido, vivir es arriesgar el
relato que nos contamos, la imagen que nos sostiene y, en última instancia, la
coherencia estática del nombre que llevamos. La cultura contemporánea tiende a
ofrecer certezas identitarias rígidas ya sea nacionales, profesionales e
ideológicas como salvavidas en medio del caos. Pero esas etiquetas, si se
vuelven dogmas inamovibles, terminan sofocando la posibilidad de ser. El
riesgo, en cambio, es la grieta que permite que entren el aire y el misterio de
lo que todavía no somos. Quien no se arriesga a perder su forma termina
viviendo en una caricatura inerte de sí mismo. Ser uno mismo implica aceptar
que ese "uno" cambia, se expone y se arriesga a no ser reconocido,
pero que precisamente en ese gesto encuentra su verdad más profunda.
"El
hombre no es la suma de lo que tiene, sino la totalidad de lo que aún no tiene,
de lo que podría tener." Jean-Paul Sartre. El existencialismo es un
humanismo (1946).
18.
Acoger lo imprevisto como fuerza vital
Vivir
con plenitud no es preverlo todo, sino abrirse radicalmente a aquello que no
estaba en el guion. En un mundo obsesionado con la planificación, el control y
la predicción, acoger lo imprevisto es un acto de resistencia poética y de
sabiduría vital. Lejos de ser una amenaza, lo imprevisto es la fuente de toda
novedad, lo que permite que la existencia siga siendo una aventura viva y no
una repetición estéril. Aceptar lo imprevisto no significa resignarse, sino
reconocer que la vida jamás podrá reducirse a nuestras proyecciones. Lo
inesperado nos descoloca, pero fundamentalmente nos despierta. Nos obliga a
improvisar, a reinventar y a redescubrir en nosotros recursos que no sabíamos
que existían. Solo quien se atreve a no tener todas las respuestas puede
experimentar la intensidad radical de lo vivo. La sorpresa, el accidente, el
encuentro fortuito ya que en ellos se revela una sabiduría que no se aprende,
sino que se vive. Acoger lo imprevisto no es ceder al caos, sino danzar con él
en plena consciencia. En esa danza, la vida muestra su energía más pura: la que
no se somete, la que sorprende, la que nos recuerda que estar vivos es siempre
un milagro que acontece fuera de todo plan.
"Algunas
cosas están en nuestro poder, y otras no. Están en nuestro poder la opinión, el
impulso, el deseo y la aversión en cuanto son asuntos nuestros. No están en
nuestro poder el cuerpo, las posesiones, la reputación y los cargos en cuanto no
son asunto nuestro." Epicteto, Manual de vida Enchiridion. (c. 50 – c. 135
d.C.)
19.
El riesgo ético de cuidar y proteger
Cuidar
a otro nunca es un gesto neutro; es asumir una vulnerabilidad radical y
compartida. El cuidado auténtico implica siempre un riesgo, porque quien
protege se expone, se abre y se entrega incondicionalmente. Vivimos en una
época donde proteger parece significar blindar, aislar o controlar. Pero el
verdadero acto de cuidado no consiste en encerrar al otro en una seguridad
artificial, sino en acompañarlo en su fragilidad, reconociendo su libertad
incluso cuando esta puede doler. Cuidar, en su sentido más profundo, es
sostener la vida sin jamás apropiársela. Proteger al otro sin anular su crecimiento
exige un coraje moral constante. Es una apuesta ética porque implica aceptar la
posibilidad del daño, de la pérdida y de la decepción. No hay amor ni compasión
posibles sin esa exposición. El riesgo ético del cuidado reside en resistir la
tentación de dominar o de salvar al otro; cuidar es estar presente sin invadir,
es dar sin calcular, y es servir sin esperar retorno. En un mundo en el que
abunda la indiferencia y el aislamiento, cuidar es una forma de valentía
silenciosa; es un acto ético fundacional que devuelve humanidad al tejido
invisible de la existencia.
"El
amor y la bondad nunca se malgastan. Siempre hacen una diferencia. Bendicen al
que los recibe y bendicen al que da." Barbara Cartland. El libro de la
salud. (1983).
20.
La vida como aventura moral y sensorial
Vivir
no es simplemente sobrevivir ni alcanzar metas predecibles sino que es
aventurarse en la experiencia total de existir. La vida se revela como una
aventura moral ya que exige elegir, responder, comprometerse éticamente, experimentar
con el cuerpo, con los sentidos despiertos y con la emoción que nos atraviesa.
Es comprender que cada decisión, gesto y encuentro son parte de una travesía en
la que el bien, la belleza y el riesgo se entrelazan indisolublemente. Esta
mirada desafía tanto el racionalismo frío como la evasión hedonista. No se
trata de vivir sin rumbo ni de calcular cada paso, sino de permitir que la vida
nos toque, nos interpele y nos transforme profundamente. La aventura moral y
sensorial es la aceptación de que el sentido no está dado, sino que se
construye al caminar y al arriesgar. En esa construcción, el cuerpo y la
conciencia son aliados esenciales; el sentir orienta, el pensar ilumina, y
ambos se corrigen mutuamente en el proceso.
La vida como aventura es la afirmación de ese atrevimiento al aceptar el
vértigo de existir, amar lo incierto y encontrar en la vulnerabilidad la fuente
más profunda de nuestra fuerza. En ese acto de valentía cotidiana, la vida deja
de ser un mero trámite y se convierte, finalmente, en una obra de arte en
movimiento.
Vivir
con riesgo es atreverse a sentir sin armaduras, a pensar sin obedecer, a amar
sin condiciones. Es aceptar que toda relación verdadera nos transforma y que
toda transformación exige una cierta pérdida. Hay en ese gesto una ternura
radical; la de quien sabe que cuidar, crear o creer implica siempre exponerse a
ser herido, y aun así elige hacerlo. El riesgo, en su sentido más profundo, no
es el contrario del miedo, sino su reconciliación. Es caminar con él, mirarlo
sin huir, y descubrir que debajo del temor late una fuerza de vida más grande
que nosotros mismos. Quien asume el riesgo de vivir plenamente no busca dominar
la existencia, sino acompañarla: dejarse tocar por su misterio, por su belleza
efímera, por su imprevisibilidad en cada silencio donde escuchamos lo que no
comprendemos y en cada acto de confianza que nace incluso en medio de la
incertidumbre. Vivir es un riesgo pero es también la forma más pura de
gratitud.
El
mensaje de Anne Dufourmantelle es un llamado ético a la acción y al talento ya
que el talento no se revela en el ensayo y error simulado sino que se forja
cuando elegimos sin garantías, cuando el pensamiento se encarna en el gesto y
cuando la vulnerabilidad se convierte en la fuente de nuestro coraje. Porque
quien se atreve a vivir con el corazón expuesto, aunque tropiece, conlleve
pérdidas y dolores está ya participando del milagro de estar verdaderamente
vivo. Y en ese temblor donde el alma se entrega sin garantías se revela,
quizás, la forma más alta de sabiduría; la ternura del riesgo.
"Solo
aquellos que se atreven a fallar en gran medida pueden lograr mucho"
Discurso
"Day of Affirmation". Robert F. Kennedy. Universidad de Ciudad del
Cabo, Sudáfrica. 6/jun/1966
Cada
minuto cuenta. Suerte. Buen viaje
Mario Kogan
11 Nov 2025

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