"La condición humana" Hannah Arendt (52/52 2025)

 


"Hasta que uno no se compromete, hay vacilación. Lo que sea que puedas hacer, o sueñes que puedes hacer, empiézalo. La audacia tiene genio, poder y magia en ella".  “The Scottish Himalayan Expedition", William Hutchison Murray (1951)

 

Bienvenidos a este puerto de destino. Estamos ante el final de un reto de 52 artículos en un año; el cierre de un ciclo que ha sido mucho más que completar una travesía documental. Ha significado, en esencia, atravesar un umbral. Durante un año entero, veinte enseñanzas semanales se han desplegado hasta totalizar un mapa de 1.040 lecciones: un tejido de ideas, advertencias y marcos éticos diseñados para honrar el pasado y proyectar un futuro con renovada lucidez.

Hemos transitado los desfiladeros de la ética pública, los sistemas complejos, el liderazgo consciente y la resiliencia frente al colapso. Cada texto ha orbitado sobre una misma obsesión fundamental: ¿cómo sostener nuestra humanidad en un mundo que se acelera hacia la incertidumbre? Este proyecto ha sido un entrenamiento de la mirada y del juicio. Sin embargo, al alcanzar esta cima, nos golpea una verdad ineludible; comprender ya no es suficiente. El conocimiento no garantiza humanidad si no se traduce en presencia. Estas enseñanzas no prometen un futuro mejor por sí solas sino que buscan, en cambio, forjar personas más íntegras para un mundo compartido. No ofrecen recetas para la tranquilidad, sino que nos sitúan frente al espejo de lo esencial ya que existe un vacío que aparece cuando dejamos de pensar, de actuar y de presentarnos ante los otros como responsables de la realidad que habitamos. Tras los 1.040 temas del año 2025, se asoma el desafío de responder con una conciencia despierta hacia un futuro que no se decide en los grandes eventos históricos, sino en la vibración de nuestra presencia cotidiana; en la honestidad de nuestro trabajo, en el peso de nuestras palabras y en la valentía de nuestra responsabilidad. Este artículo no clausura el año con conclusiones estáticas sino que es una puerta abierta. Nos recuerda que la condición humana no es un puerto de destino, sino una construcción permanente. Si este proyecto ha tenido un sentido, ha sido el de preparar el terreno para la acción. El resto, como siempre, dependerá de nuestra disposición a aparecer en el mundo y a custodiar lo que hemos heredado.

Como una sinfonía de cierre, nos sumergiremos en cuatro movimientos esenciales:

       i.          I. La vida activa: Comprender las dimensiones de lo humano.

      ii.          II. Acción y espacio público: El ámbito de la libertad.

    iii.          III. Pluralidad y natalidad: La promesa del comienzo.

    iv.          IV. Mundo común y responsabilidad compartida.

 

A continuación, las veinte enseñanzas clave de la obra "La condición humana" de Hannah Arendt (52/52, 2025). Gracias por esta experiencia compartida, a la vida y a este año que se cierra para dar paso a lo nuevo.

I. La vida activa: comprender las dimensiones de lo humano

1. No toda actividad humana tiene el mismo valor

No todo lo que hacemos tiene el mismo peso ni la misma dignidad existencial. Estar ocupados no es lo mismo que actuar; producir no es lo mismo que crear mundo; sobrevivir no es lo mismo que aparecer ante otros como alguien único. Existen tres formas básicas de actividad: la labor, que sostiene nuestra vida biológica (cíclica y necesaria); el trabajo, que construye un mundo de objetos e instituciones duraderas para darnos estabilidad; y la acción, la actividad más elevada y frágil, que ocurre directamente entre personas a través de la palabra y el acto. Comprender estas diferencias es una herramienta para evaluar qué tipo de vida estamos construyendo hoy. El problema de la modernidad es que estas distinciones se han borrado. Vivimos en sociedades que glorifican la productividad y reducen la acción a mera eficiencia. Cuando todo se mide por su utilidad o consumo, se debilita la experiencia de la libertad. Muchas vidas están hoy saturadas de actividad pero vacías de sentido: se confunde estar ocupados con estar comprometidos. Valorar una actividad no es solo medir su rendimiento, sino comprender su contribución a la dignidad humana. En un tiempo que premia la velocidad, lo verdaderamente humano es aquello que vincula, permanece y abre futuro.

“El hombre no es nada más que lo que hace de sí mismo.” Jean-Paul Sartre, El existencialismo es un humanismo (1946)

2. Confundir labor con vida plena empobrece la existencia

Hay una forma de empobrecimiento que no nace de la carencia, sino de la saturación. Cuando la existencia se organiza exclusivamente en torno a sostenerse a sí misma, la pregunta por el sentido es desplazada por el cansancio. La vida se llena de tareas y obligaciones, pero se adelgaza el horizonte. La repetición cotidiana genera una ilusión de estabilidad donde la vida continúa, pero no se expande; no por falta de éxito, sino por falta de dirección. El riesgo no radica en atender las necesidades básicas, sino en convertirlas en el criterio último de valor, haciendo que lo que no produce resultados inmediatos como por ejemplo la reflexión, la conversación o el gesto gratuito parezca superfluo. Confundir la labor con la plenitud afecta nuestra identidad. La pregunta "¿quién soy?" es reemplazada por "¿qué tengo que hacer ahora?". Una vida protegida de todo riesgo y orientada solo a la eficiencia puede ser funcional, pero rara vez es significativa. Resistir esta inercia no requiere heroicidad, sino el discernimiento de reconocer que una existencia humana necesita momentos que no estén dictados por la necesidad. La plenitud no se alcanza eliminando la labor, sino evitando que se convierta en el único lenguaje de nuestra vida.

“No es suficiente estar ocupado; también lo están las hormigas. La pregunta es: ¿en qué estamos ocupados?” Henry David Thoreau, Carta a H.G.O. Blake (1857)

3. El trabajo crea mundo, pero no sentido

Una de las grandes confusiones de la vida moderna es suponer que construir infraestructuras, sistemas o tecnologías equivale a construir una vida con significado. Esta claro que el trabajo introduce estabilidad, permanencia y previsibilidad en la existencia humana; gracias a él habitamos ciudades e instituciones duraderas. Sin embargo, el trabajo produce elementos, no significados. Puede organizar la experiencia y ofrecer medios, pero no puede justificar fines ni responder, por sí solo, a la pregunta de para qué vivimos. Cuando una cultura deposita en el logro profesional la promesa de plenitud, surge una tensión silenciosa. El pensamiento se acostumbra a operar solo en modo instrumental, optimizando procesos y resolviendo problemas, pero la reflexión pierde su espacio de respiración. El sentido no se fabrica como un objeto ni se acumula como un resultado; emerge únicamente cuando lo que hacemos se inscribe en una historia compartida y es reconocido por otros. Hay que reconocer que el trabajo es condición del mundo común, pero no garantía de sentido, es un gesto de cuidado. No toda inquietud se resuelve con más producción, y no todo vacío se llena con más esfuerzo.

“Ser significa actividad productiva; no en el sentido de una actividad exterior (estar ocupado), sino de una actividad interior, de un uso productivo de las facultades humanas.” Erich Fromm, ¿Tener o ser? (1976)

4. La obsesión por la producción erosiona la libertad

La libertad rara vez desaparece por prohibición. A menudo se adelgaza por saturación. Cuando la producción se convierte en el criterio dominante de valor, la libertad deja de ser la capacidad de iniciar algo nuevo y se reduce a elegir entre opciones dadas, optimizando recursos dentro de marcos establecidos. La mente aprende a responder, pero no a comenzar; a cumplir, pero no a deliberar. Se hace mucho, pero se decide poco. En este contexto, el estrés y la ansiedad no son fallas individuales, sino síntomas de una vida organizada sin espacios de interrupción real, donde incluso el descanso se convierte en una simple preparación para volver a producir. Esta obsesión coloniza también el espacio público ya que las decisiones se evalúan por su eficiencia inmediata y no por su sentido. La libertad política se reduce a procedimientos y la acción se confunde con gestión. Lo más preocupante es que este proceso es aceptado voluntariamente a cambio de seguridad y reconocimiento. No se prohíbe actuar sino que se hace innecesario; no se censura la palabra, se vuelve irrelevante frente al resultado. Recuperar la libertad no implica producir menos sin más, sino restituir espacios donde la acción humana no esté subordinada al rendimiento. Una sociedad que olvida para qué produce transforma la libertad en una variable del sistema, no en su fundamento.

“Hoy no nos explotamos por obligación, sino por voluntad propia en aras de la producción. Somos el amo y el esclavo en una misma persona.” Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio (2010)

5. Vivir no es lo mismo que actuar

Una de las confusiones más persistentes de nuestra época es creer que estar vivo equivale a estar presente en el mundo. Vivir es una condición biológica; actuar es una decisión humana. Mientras que vivir implica estar inmerso en procesos que nos sostienen como la necesidad, el cuerpo o la repetición, actuar supone dar un paso que no estaba determinado, asumir la exposición ante otros y aceptar la imprevisibilidad. Cuando la vida se reduce a mantenerse en funcionamiento, se privilegia la adaptación sobre la iniciativa. El resultado es un movimiento sin comienzo: muchas respuestas, pero pocas decisiones auténticas. Esta falta de acción erosiona la percepción de agencia personal, generando un cansancio mental provocado no por el exceso de decisiones, sino por su ausencia significativa. Actuar no es intervenir constantemente, sino reconocer qué merece ser iniciado. Allí donde la acción desaparece, la identidad se vuelve funcional y la vida ocurre sin inscribirse en una historia compartida. Las comunidades de individuos que viven sin actuar pueden ser eficientes, pero carecen de vitalidad cívica; el espacio común se administra, pero no se renueva. Actuar es, en última instancia, el gesto que nos permite dejar de ser meros espectadores de nuestra propia existencia.

“El hombre está condenado a ser libre.” Jean-Paul Sartre, El existencialismo es un humanismo (1946)

II. Acción y espacio público: el ámbito de la libertad

6. La acción es el ámbito propio de la libertad

La libertad no es un estado permanente ni la simple ausencia de límites; la libertad acontece. Se manifiesta cuando alguien inicia algo que no estaba prescrito o cuando una decisión introduce novedad en un mundo compartido. Ese ámbito es la acción. A diferencia de otras dimensiones de la vida, la acción no puede realizarse en soledad ya que exige la presencia de otros y un espacio donde el resultado no esté asegurado. Por ello, la libertad es inseparable del riesgo y de la vulnerabilidad; no hay libertad allí donde todo está calculado de antemano. Cuando la vida se organiza bajo un exceso de control y previsibilidad, la libertad se vuelve abstracta: se conserva como derecho, pero se pierde como práctica. Las personas pueden elegir, pero no iniciar; adaptarse, pero no transformar. Esta atrofia de la acción genera una tensión psíquica profunda. La libertad necesita ejercicio y, cuando no se practica, se convierte en inquietud. Actuar, en cambio, nos permite reconocernos como autores responsables de lo que ocurre en el mundo. En el plano colectivo, la acción es lo que impide que la convivencia se reduzca a mera gestión. La libertad no se protege solo limitando el poder, sino cultivando espacios de palabra y decisión real donde lo nuevo sea posible.

“La libertad es siempre la libertad de quien piensa de manera diferente.” Rosa Luxemburg, La Revolución Rusa (1918)

7. Solo actuamos verdaderamente en presencia de otros

La acción no es un gesto interior ni una decisión que se agote en la conciencia; para que sea plena, requiere de los otros. No como espectadores pasivos, sino como interlocutores y testigos de un mundo compartido. La presencia de los demás introduce la pluralidad. Actuar no es ejecutar un plan bajo control, sino exponerse a miradas distintas, interpretaciones ajenas y consecuencias imprevisibles. En ese margen de indeterminación reside tanto la fragilidad como la potencia de lo humano. Cuando la vida se vuelve excesivamente individualizada, la acción se empobrece y caemos en una paradoja contemporánea; una hiperexpresión constante con una bajísima experiencia de aparición auténtica. La ausencia de espacios donde la palabra encuentre respuesta genera aislamiento emocional y fatiga psíquica. No es que falten vínculos formales sino que falta la experiencia de ser visto como alguien singular. Actuar ante otros no implica buscar consenso o aprobación, sino aceptar un riesgo compartido. Incluso en el fracaso, quien actúa ha salido de sí mismo y ha entrado en relación. En el plano colectivo, sin esta presencia mutua, la política se degrada en espectáculo o gestión técnica, y los ciudadanos se vuelven meros usuarios. Cuidar los espacios de aparición no es un lujo sino que es la única forma de evitar que la vida se cierre sobre sí misma y pierda su capacidad de renovarse.

“Vive con los hombres como si Dios te viera; habla con Dios como si los hombres te oyeran.” Séneca, Cartas a Lucilio, Epístola X (64 d. C.)

8. El espacio público es donde aparecemos como quienes somos

No aparecemos verdaderamente en cualquier lugar. Podemos estar visibles, registrados o expuestos, sin por ello aparecer como quienes somos. El espacio público no es un escenario físico ni una plataforma técnica, sino el ámbito donde la palabra y la acción adquieren significado ante otros. Allí no solo se hace algo, sino que alguien se revela. Mientras que "mostrarse" puede ser un acto unilateral y controlado, "aparecer" implica entrar en un mundo donde la identidad no está bajo nuestro dominio absoluto; quien aparece acepta ser interpretado, cuestionado y recordado. Cuando el espacio público se degrada, las palabras no generan continuidad y las iniciativas no encuentran resonancia. El resultado es una identidad inestable que oscila entre el silencio defensivo y la sobreexposición compulsiva. El espacio público auténtico no elimina el conflicto, lo sostiene; permite que las diferencias se expresen sin disolverse en la indiferencia. Cuando este ámbito es sustituido por canales puramente algorítmicos o administrativos, se participa pero no se pertenece. Cuidar el espacio público es, en última instancia, cuidar la posibilidad misma de ser alguien entre otros y de dejar una huella en un mundo común que nos trascienda.

“La democracia comienza en la conversación.” John Dewey, Creative Democracy: The Task Before Us (1939)

9. El anonimato protege, pero también deshumaniza

El anonimato no es una patología; históricamente ha sido un refugio frente al riesgo y una protección necesaria de la intimidad. Sin embargo, cuando deja de ser un recurso ocasional y se convierte en el modo habitual de estar en el mundo, algo esencial se pierde. El anonimato protege porque reduce la vulnerabilidad, pero esa misma reducción atenúa la posibilidad de aparecer como alguien. Allí donde nadie es reconocible, nadie es plenamente responsable: las palabras circulan sin autor y las decisiones sin historia. El mundo se vuelve más seguro, pero también más plano. Habitar espacios donde estar es posible sin ser visto ya sean estos digitales, urbanos o laborales, genera una forma de presencia disminuida. El anonimato prolongado alivia la presión del juicio, pero debilita la identidad y genera una sensación difusa de irrelevancia. Cuando nadie espera nada de uno como individuo concreto, la iniciativa se retrae. Lo invisible, con el tiempo, se vuelve prescindible. La cuestión no es elegir entre el anonimato o la sobreexposición, sino preservar espacios donde ser reconocido no implique quedar indefenso. Sin protección, la exposición es violenta; sin reconocimiento, la protección es aislamiento. Entre ambos extremos se juega la posibilidad de que una vida se afirme.

“Echar raíces es quizá la necesidad más importante y menos reconocida del alma humana.” Simone Weil, Echar raíces (1949)

10. Sin palabra y acción no hay política

La política no nace de las leyes ni de las instituciones, sino del encuentro vivo entre la palabra y la acción. Hablar no es transmitir información o consignas; es el acto de revelar quiénes somos y qué defendemos. Actuar no es ejecutar órdenes ajenas sino que es la capacidad de iniciar algo nuevo en el mundo. Cuando una sociedad conserva los mecanismos formales a través de votos, normas y procedimientos pero pierde el peso de la palabra y la iniciativa ciudadana, la política se extingue y queda reducida a la gestión fría de recursos. En ese vacío, la responsabilidad se diluye en estructuras impersonales y el conflicto se neutraliza mediante soluciones técnicas. El impacto humano de esta pérdida es profundo ya que el ciudadano deja de ser un actor para convertirse en un espectador, usuario o cliente de una representación distante. La libertad se reduce entonces a una elección periódica, perdiendo su carácter de presencia continua en lo público. Cuidar la política no es solo defender sus edificios sino que significa preservar el espacio donde nuestra voz tiene consecuencias y nuestra acción tiene peso. La política no muere por decreto; muere primero cuando se queda sin voz y, finalmente, cuando se queda sin manos. Sin el ejercicio de la palabra compartida, el mundo común se desvanece.

“Donde falta la comunicación, allí no existe todavía la verdad que hace libres.” Karl Jaspers, La bomba atómica y el futuro de la humanidad (1958)

III. Pluralidad y natalidad: la promesa del comienzo

11. La pluralidad no es un problema, es la condición humana

La pluralidad no es un obstáculo que debamos tolerar, sino aquello que nos hace humanos. Existe una tentación persistente de creer que la convivencia sería más simple si todos pensáramos o reaccionáramos de forma previsible. Bajo esa lógica de eficiencia, la diferencia aparece como una fricción que conviene reducir. Sin embargo, los seres humanos no somos piezas intercambiables, sino singularidades irreductibles ya que cada persona ocupa una perspectiva única que nadie más puede ocupar. Intentar neutralizar esa complejidad en nombre de una armonía superficial solo genera un mundo más frágil y homogéneo. El costo de negar la pluralidad es profundamente humano. A nivel individual, forzar el ajuste a un molde provoca desgaste interior, autocensura y ansiedad social; la mente invierte su energía en adaptarse en lugar de crear. A nivel colectivo, aceptar la pluralidad no significa romantizar el conflicto, sino reconocer que vivir entre otros implica convivir con perspectivas que no controlamos. Sostener la diferencia en lugar de intentar "resolverla" introduce la creatividad y la corrección mutua necesarias para responder a lo inesperado. Allí donde se cuida la pluralidad, el mundo se vuelve más complejo, pero también mucho más habitable.

“La libertad para elegir entre valores que son igualmente últimos y, sin embargo, incompatibles, es una condición intrínseca de la existencia humana.” Isaiah Berlin, Cuatro ensayos sobre la libertad (1969)

12. Cada nacimiento introduce novedad en el mundo

Frente a la visión de la historia como una repetición inevitable de ciclos y estructuras, existe una verdad revolucionaria; cada nacimiento trae al mundo algo que nunca había existido antes. Nacer no es solo llegar a la vida biológica, es llegar al mundo humano. Con cada nuevo ser aparece una perspectiva irrepetible y una capacidad singular de iniciar; allí donde todo parecía decidido, alguien puede introducir una dirección inédita. Esta novedad no proviene de planes o sistemas, sino de personas concretas que rompen la lógica de la pura continuidad. Sin embargo, esta posibilidad de comenzar es frágil y requiere un mundo que sepa acogerla. Cuando la vida se organiza bajo expectativas rígidas y rutinas cerradas que solo admiten la repetición, la novedad se asfixia antes de manifestarse. El resultado es un desánimo profundo; la sensación de que nada nuevo es posible y que nuestra presencia es irrelevante. Cuidar la natalidad implica proteger los inicios, que siempre son torpes e inseguros, y negarse a cerrar prematuramente el futuro a lo que aún no conocemos. Cada nacimiento es una interrupción necesaria en la inercia del mundo; ignorarla nos empobrece, mientras que custodiarla mantiene viva la esperanza de algo distinto.

“El hombre no solo tiene una herencia, sino que es un heredero que puede rechazar su herencia o transformarla en algo nuevo.” Gabriel Marcel, El misterio del ser (1951)

13. La libertad no se hereda, se inaugura

Existe una idea engañosa según la cual la libertad, una vez conquistada, queda asegurada. Se la piensa como un patrimonio protegido por leyes e instituciones que pasa de generación en generación. Sin embargo, la libertad no es un bien inerte; solo existe cuando alguien la ejerce. No es continuidad, sino comienzo. Puede estar respaldada por la memoria de luchas anteriores, pero ninguna herencia sustituye al acto presente. Allí donde nadie se atreve a actuar, la libertad permanece como una declaración vacía, no como una experiencia vivida. Esta distancia entre la norma y la iniciativa explica por qué organizaciones con derechos formales pueden sufrir una profunda impotencia. Se confía en que la libertad está ahí, mientras se posterga el acto concreto de inaugurarla. A nivel humano, esta renuncia genera un desgaste invisible que se materializa en ansiedad y frustración por falta de inicio. Inaugurar la libertad exige coraje porque no ofrece garantías, pero devuelve al individuo la dignidad de ser autor de su propia historia. Honrar la libertad recibida no es conservarla intacta en un museo, sino tener la fortaleza de volver a empezar con ella, una y otra vez.

“La libertad no es una recompensa ni una condecoración que se celebra con champán. Es una tarea ardua y una carrera de fondo, que se corre en absoluta soledad.” Albert Camus, La caída (1956)

14. Educar es decidir si amamos el mundo lo suficiente

Educar no es simplemente transmitir conocimientos o preparar para un mercado cambiante. En su sentido más hondo, implica una decisión previa y decisiva; aceptar el mundo tal como es y, aun así, considerarlo digno de ser compartido. La educación parte de una tensión inevitable; el mundo es imperfecto e inacabado, y quienes llegan no lo han elegido. Educar es asumir la responsabilidad de presentar esa realidad sin idealizarla, ofreciendo orientación sin clausurar la posibilidad de transformarla.  Cuando esta responsabilidad se elude, la educación se vuelve puramente instrumental centrada en competencias y rendimiento o bien defensiva, orientada a proteger del mundo en lugar de introducir en él. El resultado no es ignorancia, sino un cansancio profundo y una desorientación que convierte el aprendizaje en una presión sin horizonte. Educar, en cambio, supone ofrecer un mundo habitable y confiar en que no será conservado intacto, sino renovado. Amar el mundo no es congelarlo; es un acto de amor crítico y lúcido que permite a las nuevas generaciones habitar la realidad sin sucumbir a ella, manteniendo abierta la posibilidad de un futuro compartido.

“La educación es el punto en el que decidimos si amamos el mundo lo bastante como para asumir la responsabilidad por él y así salvarlo de la ruina.” Zygmunt Bauman, Los retos de la educación en la modernidad líquida (2005)

15. El futuro depende de quienes se atreven a comenzar

El futuro no es una prolongación automática del presente ni un destino que aguarda pacientemente; el futuro se abre o se cierra según quiénes se atreven a iniciar algo cuando no hay garantías. El comienzo no requiere condiciones perfectas, sino la valentía de interrumpir una inercia allí donde solo había repetición. No es una improvisación descuidada, sino el acto de asumir el riesgo de introducir una dirección nueva porque se reconoce que la continuidad, por sí sola, ya no es suficiente. En nuestra cultura, el inicio suele postergarse bajo la exigencia de una seguridad total. El resultado es una paradoja: acumulamos planes y simulaciones, pero escasean los comienzos reales, volviendo la vida colectiva cautelosa y estéril. Este bloqueo genera un desgaste profundo ya que la mente queda atrapada en escenarios que nunca se encarnan y el cuerpo sostiene una tensión que no encuentra salida. Atreverse a comenzar no es un privilegio de líderes excepcionales, sino una capacidad humana que se manifiesta en gestos pequeños y compartidos. Aunque el resultado final no nos pertenezca por completo y sea transformado por otros, el futuro solo deja de ser simple gestión de tendencias cuando alguien decide, por fin, inaugurarlo.

“Cualquiera que sea tu sueño, comiénzalo. La audacia tiene genio, poder y magia.” W. H. Murray, The Scottish Himalayan Expedition (1951)

IV. Mundo común y responsabilidad compartida

16. Sin mundo común no hay responsabilidad colectiva

La responsabilidad colectiva no es un acuerdo total ni una identidad impuesta, sino algo más profundo y frágil; un espacio de realidad compartida donde podemos aparecer ante los otros, hablar y actuar. El mundo común es ese entramado de instituciones, leyes y relatos que sobreviven a nuestras vidas individuales y dan sentido a nuestras acciones. Sin este suelo compartido, la vida se fragmenta en burbujas aisladas y la responsabilidad se evapora. No se trata de eliminar la diferencia, sino de hacerla habitable; solo cuando existe algo entre nosotros podemos responder por lo que hacemos juntos. La erosión de este espacio tiene consecuencias graves; la privatización de la realidad, donde cada uno vive en su propia versión de los hechos, y la dilución de la responsabilidad, donde nadie responde por lo que nadie decidió. Es vital distinguir entre culpa y responsabilidad; nadie es culpable de actos que no cometió, pero todos somos responsables del mundo que permitimos que continúe. Esta responsabilidad no mira tanto al pasado como al futuro que estamos legando. Reconstruir el mundo común no exige unanimidad, sino restaurar las condiciones mínimas para actuar en concierto; hechos compartidos y lenguajes que no hayan sido capturados por la polarización.

“Estamos en el mundo, no solo en la naturaleza. El mundo es el producto de los hombres, el lugar donde las cosas son compartidas y donde la acción humana adquiere significado.” Maurice Merleau-Ponty, Fenomenología de la percepción (1945)

17. La pérdida de memoria destruye el espacio público

El espacio público no se sostiene solo en instituciones, sino en algo más silencioso que es la memoria compartida. Cuando los hechos dejan de ser narrados y discutidos, el espacio público se vacía, transformándose en una superficie lisa donde todo ocurre pero nada deja huella. La memoria no es un lujo cultural ni un ejercicio nostálgico sino que es la condición que permite que la acción humana tenga duración y que las responsabilidades puedan ser atribuidas. Sin ella, la sociedad pierde su capacidad política y se vuelve incapaz de sostener procesos largos o promesas creíbles. Recordar no es repetir versiones oficiales, sino preservar la distinción entre lo que ocurrió y lo que deseamos que haya ocurrido. En una época de saturación informativa y aceleración permanente, el olvido opera de forma sutil; cuando todo es urgente, nada es memorable, y cuando nada es memorable, el juicio político se desarma. Sin memoria no hay aprendizaje colectivo ni posibilidad de evitar que los errores se repitan. Narrar nuestra historia con honestidad es dar forma a la experiencia para que sea compartida; solo una comunidad que recuerda puede responder por su presente y construir un mundo común que valga la pena ser cuidado.

“La memoria es el centinela del cerebro; si ella falta, el espacio de lo público se vuelve un desierto de espejismos donde nadie puede reconocerse.” Paul Ricoeur, La memoria, la historia, el olvido (2000)

18. El mal prospera cuando nadie piensa ni responde

El mal no siempre nace de una perversión consciente o de la crueldad, sino de la ausencia de pensamiento. Es lo que llamó la "banalidad del mal": la capacidad de seres aparentemente normales de participar en horrores a gran escala simplemente por renunciar a pensar por cuenta propia y por eludir la responsabilidad personal tras la obediencia o la rutina. El mal no necesita convicciones profundas para expandirse; le basta la irreflexión y la desconexión del diálogo interior que nos permite distinguir lo aceptable de lo inaceptable. Pensar es, esencialmente, detenerse a examinar lo que hacemos. Cuando este ejercicio se suspende, la responsabilidad se diluye en sistemas impersonales y el daño se vuelve administrable bajo fórmulas como "solo cumplía órdenes" o "así funcionan las cosas". El antídoto no es la pureza moral, sino el juicio: la capacidad de imaginar cómo nuestras acciones afectan a los demás en un mundo común. En un entorno burocratizado y acelerado, pensar se vuelve un acto contracultural que interrumpe la inercia, mientras que responder es el compromiso de dar razones de nuestros actos. El mal deja de ser extraordinario y comienza a funcionar allí donde el silencio interior se encuentra con la evasión exterior.

“La mayor parte del mal en este mundo no es realizado por personas que eligen ser malas, sino por personas que no han elegido nada en absoluto y que se dejan arrastrar por la corriente.” Zygmunt Bauman, Modernidad y Holocausto (1989)

19. La neutralidad moral es una forma de abandono

Allí donde se suspende el juicio, no aparece la imparcialidad, sino el abandono del mundo común. Vivir en una realidad compartida implica estar implicado; no existe un punto de observación externo que nos libre de la responsabilidad de convivir con otros. La neutralidad, a menudo disfrazada de prudencia o moderación, no suspende el daño en contextos de injusticia, sino que lo deja avanzar. Rehusarse a juzgar es, en la práctica, una forma de juicio que consiente la degradación del espacio público. El mayor peligro ético no es el conflicto, sino la deserción. Cuando ciudadanos o instituciones se refugian en la neutralidad para evitar costes usando fórmulas como "no me corresponde opinar" privan al mundo de voces responsables y aceleran su erosión. Existe una afinidad profunda entre esta actitud y la banalidad del mal ya que ambas descansan en la renuncia a pensar y a responder. Tomar posición no equivale a imponer una verdad absoluta, sino a hacerse visible, asumir el riesgo de la palabra y aceptar que el juicio es necesario para que el mundo no quede desprotegido.  

“El lugar más caluroso del infierno está reservado para aquellos que, en tiempos de crisis moral, mantienen su neutralidad.” Dante Alighieri, La Divina Comedia (siglo XIV)

20. Ser humano es hacerse responsable del mundo

La responsabilidad no es una carga impuesta ni una virtud añadida, sino la expresión más plena de nuestra humanidad. Ser humano no consiste solo en habitar el mundo, sino en hacerse cargo de él, incluso cuando lo recibimos en ruinas o no hemos elegido sus condiciones. Esta responsabilidad no nace de la culpa, sino de la pertenencia ya que actuamos en un mundo que nos precede y nos sobrevivirá, y cada una de nuestras acciones contribuye a sostenerlo o a deteriorarlo. No responder es, en sí mismo, una forma de respuesta que permite que la inercia gane la partida. Aceptar esta tarea implica un “amor mundi” que es la decisión consciente de no abandonar el mundo a pesar de sus decepciones e imperfecciones. No somos dueños de los resultados ni soberanos absolutos de la historia, pero somos responsables de la dirección que tomamos. Ser humano exige algo cotidiano y difícil: pensar, juzgar y no desertar. Significa entender que la humanidad no se define por lo que somos, sino por aquello de lo que decidimos hacernos cargo. Mientras alguien esté dispuesto a responder por el mundo, este seguirá siendo un lugar donde siempre es posible volver a comenzar.

“La responsabilidad por el otro es el lugar donde se produce la epifanía de lo humano; es el compromiso de no dejar al mundo solo consigo mismo.” Emmanuel Levinas, Ética e infinito (1982)


Pensar el futuro no es un ejercicio de adivinación, sino de responsabilidad. El mundo del año 2100, que esta a solo 75 años de distancia, no será el resultado exclusivo de grandes hitos históricos, sino de millones de gestos pequeños realizados por personas que eligen hacerse cargo de lo que tienen por delante. Al concluir este recorrido de mil cuarenta enseñanzas, la lección más clara es que la fragilidad del mundo humano no es un defecto para corregir, sino una condición a cuidar. Nada de lo que realmente importa ya sea la libertad, la dignidad o la verdad está garantizado. Todo exige presencia. Todo exige de nosotros. El libro “La condición humana” de Hanna Arendt no ofrece consuelos fáciles. Nos recuerda que el mal no necesita ideología para prosperar, le basta el silencio y la neutralidad de la rutina. Por el contrario, el bien se sostiene con personas que no renuncian a pensar, que se atreven a juzgar y que comprenden que vivir entre otros implica responder por algo más que por uno mismo. Cada nacimiento, cada palabra con sentido y cada acción que no se limita a obedecer, introduce una fisura en la inercia del mundo. Este es el núcleo más luminoso de este proyecto: mientras existan seres dispuestos a asumir responsabilidad, el futuro no está clausurado. Educar, recordar, actuar, prometer y perdonar; en estos gestos se juega la continuidad de un mundo habitable para quienes todavía no han llegado. Amar el mundo no significa justificarlo, sino decidir cuidarlo lo suficiente como para no entregarlo a la indiferencia. Ser humano no es dominar el mundo ni escapar de él sino hacerse responsable de que, pese a todo, siga siendo un lugar donde valga la pena comenzar de nuevo por nosotros, por los que nos han precedido en el camino de la vida y por los que vendrán.

"La esperanza no es la convicción de que algo saldrá bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, independientemente de cómo resulte. Es ella la que nos permite no ser meros espectadores de la historia." Václav Havel, Cartas a Olga (1983).

Cada minuto cuenta. Suerte. Buen viaje

Mario Kogan 

25 Dic 2025

mario.kogan@talentformula.com.ar


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